martes, 8 de septiembre de 2009

La tía Gertrudis

Llegaba la tía Gertrudis, cargando en el hombro izquierdo su enorme bolsota de tiritas de plástico tejidas en rayas de diferentes colores. Como todos los días, venía del mercado, después de chismear con sus caseras y de buscar los mejores precios para ahorrarse los centavos, como buena administradora del hogar, como buena ama de casa.
Ya los años habían pasado por ella, ya los hijos le habían crecido y hecho sus vidas sin haberla olvidado, el amor a la familia fue una enseñanza de toda la vida para sus hijos y ellos, aprendieron la lección.
Era conocida en el barrio, todos la saludaban al pasar, los jóvenes la respetaban, muchos de ellos recibieron en al algún momento el privilegio de sus consejos, la sabiduría que marcan los años.
Era una tía de su casa, una de las que se levanta de madrugada para preparar el desayuno para los nietos a quienes adora y al esposo a quien siempre amó y comprendió. Una de esas tías que a través de los años aprendió y preparó mil recetas para el almuerzo que todos disfrutaban por la sazón heredada y condimentada con su estilo propio para deleite de la familia e invitados que bendecían haber caído justo a la hora de la comida.
Era sábado y la tía Gertrudis venía de hacer las compras para el domingo, si, el domingo se reunirían en casa después de varias semanas, sus tres hijos. Era buena ocasión para preparar algo especial. La pesada bolsa tiraba de su hombro izquierdo y del brazo derecho Jessica, su nietecita, de apenas siete añitos, una linda y curiosa princesita de ojitos almendrados y coquetones, que caminaba dando grandes pasos para igualar el caminar de mamita Yertru, como si fuera una vieja, conversaba con la tía Gertrudis toda vivaracha ella.
Era un día más, como todos los días, como todos los años, días que apasionaban a la tía Gertrudis que sólo podía vivir para su familia. Esa mañana sin embargo, su aparente monotonía sería interrumpida…
Al llegar a la puerta de su casa, bajó la pesada bolsota, pellizcó delicadamente la mejilla de Jessi,  buscó en su monedero de broche las llaves de la puerta y la abrió.
Iba a coger nuevamente su bolsota cuando sintió un fuerte empujón que la obligó a ingresar rápidamente mientras alguien le decía que no gritara y otro más cargaba a Jessi mientras ingresaba y cerraba la puerta.
Era Marco y un amigo suyo.
Marco era un chico del barrio, la tía Gertrudis lo conocía, sabía su historia, sabía que su padre fue un pegalón que le daba de alma cuando era niño, a el y a su madre hasta el día que murió, ebrio, atropellado en una avenida. Ya sin golpes que le curtieran el cuerpo, la madre lo descuidó y desapareció. Abandonado a su suerte y sin nadie que lo acogiera, se hizo de malas amistades, amigos de la calle que lo llevaron por el mal camino. Ya lo veían los vecinos tirándose piedras con otros pandilleros y causando alboroto en el barrio, asaltando incautos por la líneas del tren que en ese entonces eran desoladas, fumando, jovencito, por los parques, durmiendo en la calle… varias veces se cruzó con la tía Gertrudis por la calle, el la respetaba por que varias veces le ofreció un plato de comida y mientras comía le aconsejaba, hasta le lloraba para que cambiara de vida, le hablaba de dios, de las cosas buenas que podía lograr cambiando y dejando el vicio, pero Marco sólo la escuchaba y apenas respondía, el se acordaba de eso cada vez que la veía por el barrio y hasta se avergonzaba si lo veía fumando o robando… el la respetaba, veía en ella una especie de madre, una madre que hubiera querido tener, pero su resentimiento con la vida le hacía dar la espalda a los consejos, al cambio que le daría bienestar… Marco desapareció también del barrio, por un buen tiempo nadie lo vio, todos asumieron el final de Marco, como antecedente de tantas historias similares.
Pero esa mañana Marco regresó, el vicio lo estaba consumiendo, estaba delgado, muy delgado, solo era pellejo, amoratado muy pegado a los huesos, sus ojos eran dos sombras blancas pegadas a sus cuencas, sus labios resecos cuarteados sobre los dientes verdosos… su evidente debilidad era superada por la vitalidad engañosa del troncho que se había fumado… ya no era el, era la porquería que se le había metido por las venas, dentro de los pulmones que le había arrebatado la conciencia y sólo le exigía más y más…
— Hola hijito… ¿qué pasa?… — pronunció dulcemente la tía.
El no respondió, tenía la mirada perdida, sin más cogió el bolsón y lo vació buscando entre las cosas, con un movimiento de cabeza ordenó al otro muchacho, quien se dirigió hasta el televisor de la sala para sacarlo a tirones…
— No Marquito, no puedes hacer eso, que te pasa hijo, necesitas dinero, sigues con ese vicio, verdad… —decía la tía. Marco no decía nada.
— Mírate como estás, estas todo cochino… ¿donde te habías ido?… —No había respuesta.
— Estas flaco… tienes hambre, te sirvo sopita?. Te caliento un poquito hijo…
— Marco, respóndeme, que te pasa…
El amigo de Marco salió llevándose el televisor y Marco salía tras de el, pero la tía Gertrudis lo tomó del brazo y le dijo:
— Marquito, no puedes seguir así, no te dejes dominar, tienes que pensar, yo sé que ese cochino vicio es fuerte, pero tu eres más fuerte hijo…
Marco no decía nada, parecía estar sumido en una fiebre interior, su piel estaba fría y la tía Gertrudis lo sintió, ¿acaso el vicio lo había matado ya?.
— Escúchame Marco, tienes que dejar esa cosa, esa cosa te va a matar —se le escapaban las lágrimas a la tía.
— Eres joven, quédate, yo te voy a ayudar…
Marco jaló su brazo y pisando las cosas que tiro del bolsón ya salía por la puerta.
La tía Gertrudis cogió una bolsa de manzanas y salió tras de el, lo alcanzó y entregándole la bolsa le dijo:
— Toma hijo, espero que regreses… cuídate.
Marco la miró esta vez a los ojos y aunque lloraba, ya sus ojos secos no decían nada, se fue, tambaleándose llegó a la esquina y cuando la volteó, nadie más supo de el, esta vez desapareció para siempre…
Cuando la tía Gertrudis regresó, Jessi había contestado una llamada, era su papá, quien llamó para preguntar como estaba la niña.
— ¿Que le dijiste? —preguntó mamita Yertru.
— Que estabas hablando con tus amigos… —respondió levantando su cabezota y sonrió dejando ver el vacío en su dentadura.
Mamita Yertru se enterneció nuevamente con su nietecita, la cargó y sintió una profunda tristeza por Marco, el hijo perdido del barrio.

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