sábado, 3 de diciembre de 2011

El regalo prometido...

Cuando era niño (quiero decir, un niño como esos pequeños a los que papá y mamá aún llevan de la mano para que no se pierdan o por que todavía no caminan bien), recuerdo que, paseando por la plaza dos de mayo de aquellos años, ¡uf!, ¡hace muchos años!, no existía seguridad municipal, ni nada por el estilo, los ambulantes tenían la libertad de cerrar hasta las calles principales con sus productos, era época navideña, había mucha gente y se veía de todo.
Yo era un crío y apenas recuerdo cosas generales, sin embargo, esa noche en la que presumo mis padres regresaban de trabajar y teníamos que caminar largo tramo para tomar un micro que nos deje lo más cerca posible de nuestra casa, por que antes señores, antes se caminaba bastante, no como ahora que hay metropolitano, combis, micros, taxi, colectivo, mototaxi, tricitaxi, etc., eran otros tiempos.
Si, otros tiempos, no habían juguetes sofisticados como ahora, nada de regalos como Playstation, cámaras digitales, laptops, viajes, gadgets, celulares de última generación y cosas por el estilo. Un buen regalo era un buen juguete que llenaba de brillo la mirada más inocente de los niños de aquellos años.
De esa noche, recuerdo que un juguete me llamó la atención... ¡era una sandía!, pero no una sandía cualquiera, era una sandía que funcionaba a pilas, tenía ruedas de color amarillo y unos ojos enormes, de ambos lados unas tajadas como especie de alas se extendían y ocultaban mientras unas luces rojas intermitentes acompañaban a una melodía de navidad salida desde dentro de la sandía. Me enamoré de ese juguete y al toque lo abracé (por que era muy grande) para llevarmelo, obviamente, no me lo podía llevar por que alguien lo tenía que pagar y al parecer ese no era el caso de mis padres. Entre lágrimas de crío, mis padres me apartaron del juguete, sin poderlo evitar y con el dolor de su corazón, siguieron su curso. Sólo recuerdo la noche como un marco de todo, las luces navideñas por todos lados, villancicos, gente presurosa de aquí para allá, el bullicio y yo, sollozando, con las manos extendidas, mirando como se alejaba esa sandía sin comprender...



Esa navidad, papá me regalo un camioncito de carga, era de plástico, marca Basa, como todos las cosas de plástico de entonces...
Ha pasado mucho tiempo y cuando llega Navidad, ese recuerdo regresa a mi, ese juguete ideal que jamás fue mío en esa infancia dura y difícil que me toco vivir, es como una nota pendiente en mi lista de notificaciones en mi iPhone que se activa automáticamente en estas fechas.
Pero más alla del juguete en si, en este tramo, en el que puedo parar y mirar el camino recorrido, estoy convencido que la infantil impotencia y el llanto agargantonado por no obtener lo que se desea, no puede compararse con el dolor de unos padres que no pueden comprarle un juguete a su hijo por que hay prioridades en la vida...
Mis navidades fueron hermosas, mi familia siempre estuvo unida, mi madre se esmeraba y gastaba en la modesta cena navideña hasta el último centavo, era una ocasión única, una vez al año, a las doce de la noche, en casa de mamá, como todos los años, siempre nos juntabamos, hermanos, papá y mamá en un abrazo familiar para luego compartir la cena y disfrutarla juntos. Las cosas no han cambiado mucho, mamá ahora se esmera con su pasatiempo de los nacimientos y en la cena hoy se suman los nietos, sobrinos, un par de nueras y la familia permanece, como el principio de los tiempos, unida, sólo falta papá que nos adelantó el camino, pero su recuerdo está ahí, como en el poema de Valdelomar, el hermano ausente, el asiento vacío que siempre será de papá.
A pesar que mis navidades no estuvieron plasmadas de regalos, mis padres nos enseñaron a creer en la familia y a dar de todo por ella, es por eso que, cuando veo a alguien preocupado por comprar el regalo para tal y el obsequio para cual, pues, me digo, de que sirve regalar si no hay aprecio de verdad, de que sirve comprar lo más caro que puedes pagar si ni siquiera eres capaz de decirle a esa persona lo que realmente sientes. Hoy me toca esa tarea, comprar regalos para los sobrinos y arrancarles una lágrima o una sonrisa, por que se lo merecen y si pudiera acertar en su deseo, sería para mi el mejor regalo.
En fin, al diablo con todo señores, abran los ojos y verán que la Navidad es más que un regalo, la Navidad es saber que aunque te hayas ido de casa, aunque hayas hecho tu vida y tengas tu propia familia, en casa de mamá siempre encontrarás a tus hermanos y a esa viejita llorona que cocina como la puta madre.

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