viernes, 6 de diciembre de 2013

Triple salto mortal

Después de el choquecito hace algunos años, que no paso de ser una distracción en una mañana cualquiera, llega ahora el triple salto mortal que no tuvo mejor protagonista que a mi hermano. 
Al parecer la vida quiso darnos un llamado de atención, un jalón de orejas, un "tatequieto", para recordarnos a los hermanos que a pesar de nuestras habilidades superiores, extrasensoriales y poderes regenerativos, seguimos siendo gente común, humanos en esencia y propensos a las vicisitudes de la vida, a los caprichos del destino, a los azares en la aventura de vivir. 
Y fue así que un triple salto mortal (como quiero llamarlo) nos devolvió a mi hermano, todo magullado, raspado y cortado por todos lados sin que esto vaya más allá de aparente magnitud. Terminó todo cuarteado y ensangrentado en medio de la pista, entero y agradecido con la divina providencia.
Pero estoy seguro que ese hecho no fue lo que preocupó a mi hermano, sino lo que venía después: mi madre desesperada y sollozando al ver a su segundo hijo bañado en sangre, tirado en la pista, desesperada por que los paramédicos no le permitían acercarsele a tomar su mano y certificar ella misma que estaba vivo. Pero el estaba bien y en su modo turbo-adrenalinico, resultado del accidente del que había sido víctima, que le impedía en ese momento sentir dolor, sólo atinaba a decir al paramédico que lo manoseaba por todos lados (para comprobar que todo estaba en su sitio): "...esa señora que esta llorando es mi mamá... ¡dile que estoy bien!, ¡dile que estoy bien!".
Pero dicen que la vida te da lo que mereces y eso quedo demás demostrado: mi hermano tiene unos amigos de oro que para mi se han ganado desde hoy el título de hermanos.  Mi hermano menor me llamo para avisarme del hecho y tuve que salir acelerado y con la incertidumbre de saber que seria de mi hermano. Me dijeron que lo llevaron al hospital San José, luego al Carrión y por ultimo al San José que fue donde lo llevaron desde un inicio. 
Cuando llegué al hospital, encontré a mi madre desesperada y llorando, me abrazo y empezó a contarme todo, de como lo vio tendido en la pista, lleno de sangre, la travesía en la ambulancia, del temor de perder a su segundo hijo, de como sus amigos se portaron de una manera ejemplar y de como movieron todo para que mi hermano sea atendido a la brevedad. Fue cuando conocí a sus amigos quienes encima de todo me tranquilizaban diciéndome que estaba estable y que ya lo estaban atendiendo. Habían pagado todo, habían transportado a mi madre al hospital y acompañado a mi hermano menor a hacer las gestiones en la comisaría. Todo estaba coordinado, todo, incluyendo el apoyo necesario y la tranquilidad que le infundían a mi madre y a mi hermano. Me sorprendí con esto, con la solidez y desprendimiento de estos lazos de amistad. Aunque no se los manifesté, tal vez por la preocupación y la tensión del momento, mi gratitud va más allá de decir gracias, la tranquilidad de mi madre y la estabilidad de mi hermano es algo que no tiene precio. 
El medio en el que me desenvuelvo me hizo olvidar estas grandes cosas, cosas que aún existen en aquel barrio donde nací, donde los lazos de amistad van más allá de tan sólo ser amigo de alguien. 
Eternamente agradecido con ellos solo espero tener la oportunidad de retribuir con creces lo que ellos hicieron por nosotros, gracias amigos Villanences. 
Pasado el momento más difícil sólo quedaba esperar que los doctores nos dieran alguna noticia, el hecho de saber que estaba consciente ya era bastante, pero no era suficiente, teníamos que verlo salir de la sala de emergencias. Y fue así como cuatro horas después lo vimos salir con la cara, el hombro y las rodillas llena de vendas, pero entero, con todos los huesos de adamantium en su sitio, pero adolorido. Le cosieron por todos lados y le sacaron vidrios de todos lados, pero ahí estaba él caminando en sus propios pies, luego en silla de ruedas y bromeando como para tranquilizar a mi madre. Estaba bien. 
Lo peor había pasado ya. Mi madre estaba tranquila y feliz ahora. Hasta se tomó fotos para la posteridad con el hermano así parchadito como estaba. 
Llego la calma y recién tuvimos la versión oficial. La verdadera historia de lo ocurrido. Mi hermano cuenta que todo ocurrió en un par de segundos, que vio el station wagon blanco (todos son blancos) que se le venía de frente, que quiso esquivarlo con la mototaxi y que después se sintió volar y ya estaba tirado en la pista con un ardor en los brazos, hombros y empeine. Los testigos dicen que voló por los aires. Lo demás es historia. 
Mi hermano es mototaxista, aprendió de mi padre la prudencia al volante y estoy seguro que el no fue el responsable. Al carro no le paso nada, con las justas una luz rota, fue la mototaxi la que llevó la peor parte. Pero eso no importa mucho, a pesar de qué hay todo un trámite que hacer en la comisaría que incluye reporte de accidente, dosaje etílico, revisión por un médico legista, acta para entrega de vehículo, etc. 
Mi hermano esta sano y salvo y aunque el habla de un par de segundos, yo creo que en su modestia no quiere decir que al ver al vehículo dirigirse directamente a él, le tomó medio segundo impulsarse en el aire y en un segundo y medio con los brazos extendidos dar un triple salto mortal para caer unos metros más allá bien parado, lo malo es que los vidrios que se rompieron y desperdigaron en tiempo paralelo por la pista, le quitaron estabilidad y lo hicieron resbalar y término como ya sabemos. Nada es perfecto. 
Bueno hermano, por suerte sigues con nosotros y me conmueve saber que ahora todos te dicen "don Mario", como le decían a papá. 


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